Proyecto ALÉN

Como es sabido, tenemos un índice alto de consumo de alcohol, hay quien lo considera así debido a la disponibilidad de dicha sustancia, a la aceptación social que tiene el alcohol en nuestra sociedad, a que todo o casi todo lo tendemos a festejar con alcohol… Igualmente son conocidos los graves daños y riesgos (de salud, laborales, familiares, sociales,…) que consumos excesivos de alcohol pueden provocar. A lo largo de nuestra relación con el consumo de drogas, vamos aprendiendo a controlar dichas sustancias, estableciendo unas reglas autoimpuestas con respecto a la sustancia en sí ( calidad, cantidad, frecuencia de uso,…), una serie de condiciones físicas o psicológicas para su uso ( por ejemplo, podemos adoptar la norma de beber solo cuando nos sentimos bien y evitar usar la bebida cuando nos encontramos mal) y el contexto ( consumir con determinadas personas, consumir los fines de semana, no consumir en el trabajo,…)

Por ejemplo: yo puedo establecerme como norma, tomarme una cerveza por la tarde, en verano cuando vuelvo de la playa y esté con mis amigos.

Si analizamos el caso del resto de drogas que no sean el alcohol, se tiende a creer que el mayor riesgo de consumirlas, radica en que experimentar con ellas va a desencadenar en un consumo crónico. Sin embargo, hay estudios que demuestran que los usuarios que reportan una trayectoria de consumo que indique un incremento de su uso a lo largo del tiempo son una minoría. Con esto no queremos decir, que el uso de las drogas no entraña riesgo y es precisamente esa concienciación de los riesgos lo que nos ayuda a las personas a mantener bajo control el uso de las mismas.

La mayoría de personas “no adictas” que usan cualquier tipo de droga, aprendemos a controlar las sustancias, a través de esas reglas autoimpuestas procuramos identificar el uso de drogas “funcional” frente al “no funcional”, cuando la persona considera que ese uso comienza a no ser funcional, éste se modera o incluso se abandona.

Como es sabido, muchas personas son capaces de mantener un control constante sobre su consumo de drogas, muchos otros pasan por períodos de menor control. Sin embargo, la mayoría no están dispuestos a solicitar ayuda en los servicios de drogas, incluso en la fase de uso más intensivo. En primero lugar, desean evitar la etiqueta de “adicto” y, en segundo lugar, porque los tratan como si estuviesen indefensos ante las drogas y eso, socava en su autoeficacia y se limita a su capacidad de adaptación. Por todos estos motivos consideramos que para muchas personas, sería más útil recibir más información o asesoramiento para mantener o recuperar el patrón de uso controlado. Apoyar las capacidades de autorregulación de las personas está en consonancia con los resultados de los estudios psicológicos que demuestran el valor de las creencias y de los tratamientos que promueven la autoeficacia y permiten a las personas ejercer un mayor poder y dominio. En cualquier caso no es excluyente de continuar el trabajo, posteriormente,cara a la abstinencia.

Por todo ello desde el programa Sísifo, también decidimos trabajar en esta línea, con el objetivo de reforzar a las personas para que sean capaces de poner en marcha estrategias que les permitan regular sus comportamientos de cara a lograr las metas u objetivos que se van fijando. Para ello, hemos creado un espacio, llamado Proyecto Alén,en donde el terapeuta sirve de guía y de referencia, para posteriormente ir desvaneciendo su presencia y función hasta que la persona sea totalmente autónoma en el desarrollo de sus propias normas autoimpuestas.