LA BOTELLA SIEMPRE VACÍA

Después de unos meses sin actividad en nuestro blog, nos gustaría adelantaros una parte de un proyecto en el que estamos trabajando, en donde queremos presentaros las historias de las personas que acuden a nuestro servicio. Esta que os presentamos a continuación la hemos titulado “La Botella siempre vacía”. Esperamos que os “enganche” como a nosotros.



LA BOTELLA SIEMPRE VACIA


Las cárceles Francesas son peores que las Españolas. En eso pensaba al final de mi retención judicial en la cárcel de Teixeiro. Aquel momento bajo la ducha, mi momento de respiro, de reflexión, inmerso en el silencio roto por el caminar del funcionario haciendo la guardia y el agua de la ducha rebotando en el suelo de mi pequeña celda de 17 m2. Cansado, apesadumbrado por toda la condena que he tenido que sufrir por mis decisiones, por mi modo de actuar, en definitiva lo que he elegido vivir, mi vida.

Pero tenía sentimientos enfrentados, sentía energía por salir, por cambiar… había vivido tanto, a mis 37 años que estaba cansado de elegir un camino, hasta ahora lleno de acción, pero del que me había dado cuenta que no era el que yo quería, ni el que me merecía. Siempre me he guiado por mis instintos, mis valores, ….( que buenos o no, nadie es quien de juzgarme), me han guiado por un camino increíble, de viajes, fiestas, enfrentamientos, desamores, amistades que nunca olvidaré, y sobre todo de mi querida dosis, la droga de mi vida, aquella que me ha acompañado cada día, en cada desliz, en momentos de felicidad y que he compartido hasta con mi propia soledad, el alcohol. Pero comenzaré por el principio.

Nací en un pueblecillo cercano a San salvador. Iba a la escuela como otro niño más de primaria, contento por aprender y disfrutar de mis compañeros de clase. Aunque no tenía un ambiente muy acogedor en casa, me crié en una familia de clase media, teníamos todo lo que necesitábamos, solo nos faltaba lo más importante, una familia estable. Pero la sombra del alcohol ya estaba dentro de mi vida. Mi padre era alcohólico, y las tardes aunque sobre todo las noches cuando llegaba a casa del trabajo y de sus copas con los amigos, propiciaban que se envalentonase y pagara todo el mal humor con mi madre. También recuerdo sufrir esos malos tratos en mi cuerpo. Un sentimiento de malestar se apropiaba de mí en cada situación. No quiero recordar esos malos momentos así que recordemos los buenos. CHOCO GALLETA, ese era mi helado favorito, un chocolate espeso como los que se hacían antes, con un olor inigualable que aún retengo en mi memoria. Era lo que vendíamos…. Cierto me he adelantado en la historia, retomaré de nuevo. Mi padre era heladero, tenía un puesto ambulante ,con el que ofrecía una infinidad de helados de todos los sabores. Acompañado siempre con una campanilla en el carrito, mi padre rondaba todo el pueblo haciéndola sonar para que se creara una ilusión en los niños de la calle y acudiesen con una gran sonrisa, de la mano de sus padres, y les comprasen un helado. Empecé en el oficio con 8 años, muy temprano, cualquier niño del momento y de ahora no querrían trabajar, si es verdad que perdí mi niñez aunque gané en madurez. Me gustaba poder ganar mi dinerillo, notar el poder de comprar, de tener mi independencia y además intentaba estudiar por las noches para mantener un nivel en el colegio aceptable.

Maduré muy joven, no porqué quisiese sino que la vida me obligó a ello. Con 10 años tuve que salir de mi casa debido a un enfrentamiento muy duro con mi hermanastra y mi padre. Con tan sólo lo imprescindible en la mochila, salí de mi casa y vagué por la calle sin un destino fijo, tan sólo el objetivo de huir, de salir de mi ámbito familiar, de escapar lo más lejos posible. Tuve que vivir en la calle durante un tiempo, incluso recuerdo entrar en las cabinas de los camiones y dormir en ellas en las duras noches de frío. La calle te da muchas oportunidades y muchas amistades, nunca sabes dónde acabarás, pero me dejé llevar pos mis instintos. Me introduje, al igual que muchos chicos jóvenes sin un objetivo claro, nada más que obtener un sentimiento de pertenencia y protección, en un grupo de lucha callejera muy famoso de mi país. Fue mi familia durante muchos años, la lucha era nuestro día a día, nos movíamos por los más andrajosos lugares de la ciudad, por conseguir una parcela más, matar a un contrincante o resolver disputas de nuestros jefes. Las marcas de esos años aún las tengo, no sólo en mi cabeza, de todo lo que tuve que hacer, de tener en mis manos la capacidad de decir la vida de una persona sino también en mi piel, que está llena de tatuajes que representaban la pertenencia a ese grupo; siempre estábamos alerta, podríamos haber muerto en un descuido. Claro que las drogas eran el día a día: cocaína, sobre todo, para aguantar y darnos valor en la lucha. Recordaros que aún era un mocoso y tenía un arma en la mano. Pero eso ya es agua pasada. Recuerdo, también, estar trabajando en un taller de chapa y pintura; no sabía mucho del oficio pero fui aprendiendo, adaptándome al momento y a las oportunidades que se me ponían delante, me pagaban poco pero tenía al menos un techo donde dormir...en el taller.

Mi escapada había dado sus frutos, me alejé de los conflictos familiares y encontré un trabajo con el que podía mantenerme. Ciudad Delgado fue mi destino. Mantenía un contacto cercano con mi hermano, él se había labrado un respetable puesto en ADMISIT (Asociación de transportistas de Ciudad Delgado), y tuve la suerte de poder entrar a formar parte de esa misma asociación a la edad de mis 16 años. Conductor, ese fue el trabajo que me dio la oportunidad de tener un piso, una vida estable. Pero que vida… muy alocada. Lo bueno del trabajo es que te mantiene ocupado, quieres mejorar y escalar en el puesto, te ofrece responsabilidad y mucha, mucha libertad, sobre todo con el dinero. El cual nunca me había faltado, pero mejoró mi situación económica ¡Una pena!. Fue cuando comencé a probar todas y cada una de las drogas que en ese momento tenía a mi alcance, es decir, no perdí la oportunidad de probar ninguna. Ya había comenzado a fumar más joven, pero mantuve el hábito y lo aumenté; mis fiestas con mis compañeros y amigos estaban llenas de marihuana, cientos y cientos de porros recuerdo haberme liado, normales, dobles, en L, blancos (con coca)… También esa misma, la cocaína, rondaba por las mesas de la fiesta; no la ocultábamos, era nuestra fiesta, nuestro local, nuestros colegas, allí delante de todos, consumiendo en grupo porque todos hacíamos lo mismo y no nos juzgábamos. No me puedo olvidar también de mis dolores de cabeza por el inicio con el pegamento, un asco por cierto. Y el crack, no nos olvidemos del crack, ese residuo de la coca que aunque barato, tiene un efecto fuerte y rápido, del cual no tengo buenos recuerdos. Todas estas drogas las he probado, disfrutado, vendido, canjeado, robado por ellas, consumido en público en privado, aborrecido… Fue una etapa de liberación, de descontrol y nuevas relaciones sociales, pero mi perdición no fueron ellas. Mi mayor deseo, mi mayor consumo, lo que me llevó a consumir incluso todas las citadas drogas, fue el alcohol. ¿Qué tiene el alcohol?, quizá un sabor suave, o fuerte según el momento, un aroma, un color, que me genera un refrescante momento que me hipnotiza y no me permite controlar. Me desinhibe, y la primera me lleva a la segunda copa y así irremediablemente hasta alcanzar el momento culmen, el descontrol de la situación, el desfase, no controlar el tiempo, ni el momento, lo que digo, lo que hago, pero una sensación necesaria para esos momentos, que me hacía olvidar mis malos tiempos, mi dura vida y el sufrir constante por luchar y sobrevivir cada día siendo tan joven.

Os contaré una de mis fiestas:

La fiesta de cumpleaños de una de mis mejores amigas. Ella, siempre, había sido una gran amiga tras mi cambio de ciudad. Me había acompañado en mis momentos malos y siempre solíamos estar juntos. Hicimos la fiesta en su casa, no recuerdo cuantos éramos pero fue una noche inolvidable. La música estaba altísima, los vecinos ya se habían quejado en otras ocasiones y esta vez no iba a ser menos, aunque con razón. La noche fue un descontrol. Yo volvía de la escuela aún con el uniforme y no tuve tiempo ni de cambiármelo. Comenzamos con la mítica cena y picoteo, acompañado de unas cervecillas, tras las cuales surgieron las botellas de whisky 1, 2… no recuerdo cuantas. Sólo recuerdo el momento de terminar la última botella y decirle a mi amiga que no podía ni moverme, que no sabía ni como llegaría a casa. Otra de mis mejores amigas, me dijo que no me fuera que me queda a dormir en su casa y acepté, por supuesto. Ella me gustaba, teníamos una larga relación de amistad, era una chica increíble y guapísima, pasaría la noche en su casa, así que no podía desperdiciarla. Pero la noche se alargó y por supuesto no podía faltar el alcohol, así que decidí bajar a comprar mucho más y seguimos hasta el amanecer. Acabamos casi inconscientes sin poder beber ni un trago más. Recuerdo que intenté besarla, le dije que me gustaba y no olvidaré sus palabras, “ Te quiero mucho, pero es mejor una amistad que un noviazgo que pronto acabará”. Un duro golpe que supe sobrellevar bien en el momento, aunque siempre estaba ahí mi mejor amigo, PELÓN, que me apoyó y me dio su consuelo durante las siguientes semanas. Quién no ha tenido una noche como esta. Vosotros seguro os veréis reflejados en mí, noches de descontrol, drogas, alcohol, que te llevan a complicarte la noche, no controlas y se te puede ir de las manos. Además eran todas las semanas. No había un motivo más que el reunirse y beber con tus colegas. Desfasar y dejarte llevar. Pero todo puede llevarte a tener una dependencia brutal, en mi caso con el alcohol.

Mi amiga tenía 3 hijos, y por echarle una mano, cuando tenía que ir a trabajar, bajaba con ellos al parque para que jugasen y les compraba regalos. Recuerdo que un día descubrí un local cerca de su casa. Desde que lo descubrí Iba todo los días con los pequeños a comprar tortitas de maíz, que les encantaba. Yo, les hacía feliz , mientras disfrutaba viendo a la dependienta, que siempre me saludaba con una sonrisa preciosa. Quedé prendido desde el primer día. En una de las ocasiones me envalentoné, y le pedí salir. Salió bien, ella aceptó y no pasaron más de unas semanas que estábamos pensando en matrimonio. Tuve que pedirle permiso a sus padres, ya sabéis como iba eso antes, la tradición y dejar que el padre te analice de arriba a bajo, con una cara fría de indecisión. Un trámite que teníamos que pasar, y que pasé encantado sólo por poder estar con ella. Una relación bonita que duró poco tiempo.

En 1999 me vine a España. Dejando, de nuevo, todo atrás. Sentía que necesitaba ese cambio. Además fue una forma de escaparme de la banda a la que pertenecía, necesitaba dejarlo y reformarme. Así que pensé lo mejor, escaparme del lugar. Llegue a A Coruña, aquí vivía la mujer que amaría desde entonces.

Comencé a trabajar en la construcción, de albañil. Estuve en muchas de las grandes obras de aquel momento. La construcción estaba en auge y me sobraban los trabajos. Tenía unos compañeros que les gustaba privar, y comenzar el día con una “animada blanca” para aguantar todo el día. Así que yo no era menos. Cervecita y chupito para aguantar el frío. Recuerdo que tenía un jefe que le gustaba la blanca, la coca mañanera. Te daba la energía para continuar todo lo que quisieras y más. Por supuesto lo hice por un tiempo pero quise desligarme de ello y me fui a otra obra. Pero me seguía mi destino. Después del curro e incluso en la garita, nos tomábamos una rayita. Me invitaban y yo claro me dejaba llevar…El trabajo y el dinero volvía a llamar a mi puerta. Pero mi vida cambio en el 2002. Os dije que siempre he vivido con mis propios principios y siguiendo mis instintos, pues esto fue lo que me llevó a la cárcel. Os lo relataré desde el principio.


Trabajé también de paseador de perros. Ya veis que no se me caen los anillos por abrirme un camino como sea. Pues me enamoré de una clienta. En principio no me llamó la atención. Pero poco a poco fui dándome cuenta que a ella sí le gustaba. Me retenía para hablar cuando recogía y le devolvía el perro, me invitaba a tomar café... Y fui también cogiéndole cariño. Pocos meses pasaron hasta que se vino a vivir conmigo. Tenía marido, estaba casada. Pero a mí no me importaba, estaba conmigo, y el problema lo tenía ella y el otro. Yo estaba feliz con ella. Pero nos surgió un día un enfrentamiento duro, muy duro, no recuerdo el motivo, pero ella se fue enfadada y volvió, para darme en las narices, con su marido. La encontré pocos días después por la calle, me saludó, sabía que aún me quería pero estaba dolida por aquel enfrentamiento. Me advirtió de algo que no pude dejar de lado. Algo que me enajenó de tal manera que hice lo que hice. Me advirtió que su marido había contratado a un sicario para que me apuñalase. Increíble, no podía dejar pasar esa ofensa. Así que hice lo tenía que hacer. Conocía su domicilio, había estado cientos de veces con el perro. Descubrí que podía acceder por la parte de atrás al patio interior del edificio y casualmente había una ventana abierta. Trepé por la pared, me oculté entre las sombras atravesando el patio, evitando que los vecinos me viesen, y entré en plena noche por la ventana. No conocía la casa por dentro, no sabía cuál era su habitación, así que llamé a la primera puerta que vi y la abrí despacio alumbrando con la linterna. Se despertó un chico extrañado, al final del cuarto, preguntando quién era. No me conocía, yo era el extraño. Pero fríamente, sin sudar, sin que me temblase la voz, le comenté que el casero, me había alquilado una habitación y no sabía cuál era. Le pregunté en dónde estaba durmiendo él, y conseguí mi respuesta. Buenas noches, le dije, mientras cerraba la puerta tras de mi poniendo la vista en la puerta del fondo del piso. Al final del pasillo estaba el objetivo. Fui paso a paso, sin hacer ruido para no despertar a nadie más. Tomé aire y entré encendiendo la luz. Los encontré en la cama, ella se tiró al suelo, gritando y diciendo que no lo hiciera. Saqué un gran cuchillo que llevaba oculto en el pantalón. No escuchaba los gritos, ni atendía a razones. Él me había provocado, me quería matar a través de un sicario y no podía permitirlo. Le propiné 3 puñaladas, a mi entender mortales de necesidad, una en el estómago, otra en el pecho cerca del corazón y otra en la sien, en la misma cabeza. No murió esa misma noche. Estuvo en el hospital y allí, lo rematé. Me cayeron 20 años. Alevosía, premeditación y muerte. Duro ¿verdad? Pues cumplí tan sólo 5 años, por buen comportamiento. Así se valora la vida. Me reformé claro que sí, la psicóloga me dio el visto bueno y no lo volvería a hacer. Pero lo maté y no me arrepiento de ello, me libré de morir yo. ¿Qué habríais hecho vosotros si os quieren matar, llamar a la policía? ¿con qué información?, ¿cómo os protegerían?… Con mi modo de vida, pues me rodeaba de gente complicada y el tío al que maté, pues claro, era un “controlas” de La Coruña, vendía y manejaba un mercado lejos de la legalidad, lo que nos lleva a la ley de la calle. Diente por diente, nadie es más que nadie si no puedes demostrar tu valía y tu fuerza, y yo no me dejo amedrentar por nadie. Así que cuidado con las relaciones que os creáis.

A día de hoy, es un gusto poder pasear tranquilamente por la ciudad. Estoy renovado, he cambiado y me siento muy bien conmigo mismo. Es difícil la adaptación a los cambios, pero he vivido toda mi vida con ello y busco lo mejor de cada momento. Ahora, tras salir de mi última pena en cárcel, en 2017, me he reencontrado con amigos del pasado. Veo que siguen por una vía que ya no es la mía, no quiero volver a lo mismo. Yo les intento guiar, comentarles mi experiencia, pero es complicado que la sientan como yo. Les falta…, como me dijeron en un curso que fui…, empatía, ponerse en el lugar del otro. Es muy complicado y ellos no la tienen, y no son capaces de ver el reflejo suyo en mi pasado, en todo lo que he vivido y lo que llevan las malas decisiones. Una pena, cada uno debe entonces experimentar y verse allí abajo para pedir ayuda. Una pena, deberíamos aprender de los demás.

Os acordáis que os dije que las cárceles españolas son mejores que las francesas. Pues es que yo estuve en una. Al salir de mi condena por apuñalamiento, intenté recuperar la vida normal de antes. Pero todo había cambiado excepto mi pareja que siguió apoyándome hasta en la cárcel. Tan sólo me bastaron 3 meses, el tiempo de la condicional para cambiar de aires. Durante ese tiempo me mantuve en A Coruña. Apoyado por una entidad social de inmersión socio-laboral trabajé en una empresa de artes gráficas, un par de meses. Recuerdo esos meses agobiantes sin un duro, pero seguía para adelante. Le compré una moto a un colega, que por supuesto trucada de 50CV, que alcanzaba casi los 100 Km/h, la llevaba todos los días al trabajo. Me encantaba aquella moto.

Liberado, adiós condicional. Por fin me volvía a sentir desatado, lejos del control judicial…y me fui. Me fui, como dicen los gallegos, “¡marcho porque teño que marchar!" a un nuevo destino, un nuevo país, Francia.

Es una bonita ciudad, Paris. Es la ciudad del amor según dicen. Yo la disfruté al máximo con mi pareja, la misma de siempre, siempre aferrado a mi corazón, por muchos problemas que tuviese con ella. Recorrimos las noches parisinas, los garitos, las fiestas, siempre con el alcohol. No es malo si no te metes en problemas o estas deprimido… pero siempre es un aliciente para ello y una constate en mi vida. Por otro lado tenía que ganarme la vida, así que me pasé una temporada en una empresa de remodelación del cableado de trenes. Durísimo el trabajo, además me veía decepcionado por los jefes que tenía y decidí dejarlo, por un curro de mozo de almacén. La verdad es que este sí que se me daba bien, en el que estuve dos años y medio. Pero no de mozo. Ya los primeros meses destacaba. Tenía el control del almacén más que el propio coordinador. Así que fui escalando progresivamente, hasta lo que me permitía mi capacidad en la empresa sin una formación adecuada. En ese momento me di cuenta de la necesidad, de lo importante de estudiar, ya que podría haber llegado a mucho más. Vivíamos con una perrita, LOLA se llamaba. Era muy bonita y un encanto de perra. Bajaba todas las mañanas a pasearla. Dábamos una vuelta a la manzana y nos internábamos por los parques aun dormidos, después de volver del trabajo. Pero era mi momento de relax, recuerdo que siempre me llevaba una cerveza Amsterdam y aún fresca la bebía, sentado en un banco con la niebla disipándose, mientras la perra disfrutaba jugando sola. Todo era muy bonito pero como todo en la vida no puede durar mucho, bueno ¡a mí no me puede durar mucho!.

Casi no nos veíamos, mi mujer y yo, ya que no coincidíamos con los horarios laborales, pero lo íbamos llevando. Acogimos a una amiga común que estaba pasando un mal momento y a partir de aquí comenzaron los problemas. Mi pareja no era celosa y yo tampoco pero siempre surgen dudas. Un día descubrí que ella se había creado un perfil en una red social de ligoteo. Pude ver con mis propios ojos unas fotos con un chico que me enervaron. Se lo comenté y tuvimos una bronca descomunal. Además ella, incluso me dijo que yo estaba ligando con la amiga que habíamos acogido, una mentira, pero el estar tanto tiempo sin vernos hace que le des a la cabeza y pienses cosas que no son. Incluso me puso de excusa que la red social sólo era una manera de hablar con alguien mientras yo trabajaba. ¡MENTIRA! Todo fue en caída libre. Eran problemas constantes. Comenzó, incluso a controlarme lo que bebía. Decía que tenía un problema que no era normal las cantidades ni las horas de beber. Es verdad ahora que lo pienso y tenía algo de razón. Me bajaba mucha cantidad de alcohol diario, recuerdo levantarme cada día y beber una cerveza con un chupito, es muy refrescante la mezcla, la verdad. Las tardes eran de garitos, amigos y beber. Volvía a casa y otra más para que el cuerpo aguante. Aguantar ¿el qué?, la presión, los nervios… eran excusas para beber. Me gustaba, disfrutaba cada cerveza, cada chupito o copa pasajera del día. Llegó un momento que la necesitaba, sino me sentía raro. Es como salir de fiesta y no beber…¿nunca os ha pasado? En resumen, que quería controlarme en todo. Un día nos surgió una discusión que hasta los vecinos nos llamaron la atención a golpes mientras estábamos en nuestro apogeo de palabrotas. Aquella vez se nos fue de las manos. Ella me encerró en una habitación, no sé como lo hizo pero se las ingenió, en un descuido mío, para ello. Yo escuchaba, a través de la puerta, que estaba llamando a alguien por teléfono. Yo la golpeaba con todas mis fuerzas, pero nada, la endemoniada no se abría. De repente escuché “dense prisa”. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y entendí que había llamado a la policía. Creé una cuerda con las sábanas y demás cosas que encontré por el cuarto, la descolgué y baje por la ventana. Como si no pasara nada, paseando me fui al trabajo. Pero no tardaron mucho. Me había denunciado por malos tratos y la policía se presentó en mi trabajo y tuve que pasar varios días en calabozos. Surgieron muchas más situaciones graves, de las que llegó a denunciarme. Yo me encontraba en una gran depresión, todo se estaba volviendo negativo y tortuoso. Uno de eso días, cogí la botella, mucho más duro que en otras ocasiones, y empecé a beber, una mala decisión porque me fui al trabajo ebrio y sin carnet. Ya os podéis imaginar... controlando perfectamente al pedal, despacito, sin apurar los semáforos en ámbar, ni pisar más de la cuenta, con una cara de felicidad y una sonrisa con la que saludaba a los viandantes. Lo normal, conduciendo sin mayores problemas… jajaja que visión más jodida te da el alcohol, nada más lejos de la realidad, así que ¡Pillado!, pillado por eso, por ir ebrio y además me sumaron las denuncias por violencia y quebrantamiento de alejamiento de 500 metros, que me habían pautado en una ocasión anterior. Una mala decisión que acarreó hoy en día, y que aún es el momento que intentamos solventar. Quiero seguir con ella a día de hoy, pero la orden de alejamiento sigue vigente, nos queremos y estamos en trámites para quitarla. Esperamos conseguirlo porque a pesar de todo nos queremos.

Tres años en las cárceles de Francia. No teníamos ni baño en la celda, solo salíamos al patio unas 2h. al día y si querías algún privilegio como una televisión, nada importante, tenías que pagarla. Muy duras y frías, prefiero las de España.

Hoy es un día especial, ya estoy en la calle después de mi última incursión en Teixeiro. Hoy es el día en el que cumplimos 16 años juntos. Noviembre del 2017. Un amor para toda la vida, aunque con muchos sufrimientos. ¡Orden de alejamiento allá vamos!.

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